Prefacio
En los últimos quince años, la ciencia cerebral ha avanzado a un ritmo pasmoso, lo que ha procurado perspectivas nuevas sobre... bueno, casi todo. Tras décadas de andar a trompicones en la sombra de las ciencias «duras», ha nacido realmente la era de la neurociencia, y este rápido progreso ha orientado y enriquecido mi trabajo.
En los últimos doscientos años se ha asistido a impresionantes progresos en muchas esferas científicas. En física, justo cuando la intelectualidad de finales del siglo XIX declaraba que la teoría física estaba casi completada, Einstein demostró que el espacio y el tiempo eran infinitamente más desconocidos que cualquier otra cosa antes soñada en la filosofía, y Heisenberg señaló que en el nivel subatómico pierden validez nuestras nociones más básicas de causa y efecto.
Quién iba a pensar que el universo se compone de cuerdas que vibran en sintonía con la «música de Dios».
Podemos confeccionar listas similares de descubrimientos en muchos otros ámbitos. La cosmología nos dio el universo en expansión, la materia oscura y las alucinantes vistas de miles de millones de galaxias. La química explicó el mundo mediante la tabla periódica de los elementos y nos proporcionó el plástico y una cornucopia de fármacos milagrosos. Las matemáticas nos regalaron los ordenadores —aunque muchos matemáticos «puros» prefieren que su disciplina no se vea mancillada por tales usos prácticos—. En biología, la anatomía y la fisiología del cuerpo se resolvieron con un detalle exquisito, y por fin empezaron a estar claros los mecanismos que impulsan la evolución. Se supo finalmente qué eran en realidad ciertas enfermedades que desde los albores de la historia habían asolado literalmente a la humanidad (en contraposición a, pongamos, los actos de brujería o de castigo divino). Se produjeron revoluciones en cirugía, farmacología y salud pública, y en el mundo desarrollado la duración de la vida humana se duplicó en cuestión de sólo cuatro o cinco generaciones. La revolución fundamental fue el desciframiento del código genético en la década de 1950, lo que marca el nacimiento de la biología moderna.
Por el contrario, las ciencias de la mente —psiquiatría, neurología, psicología— languidecieron durante siglos. De hecho, hasta el último cuarto del siglo XX, no hubo donde encontrar teorías sobre la percepción, la emoción, la cognición y la inteligencia (con la notable excepción de la visión del color).
Durante la mayor parte del siglo XX, para explicar la conducta humana lo único que pudimos ofrecer fueron dos edificios teóricos —el freudismo y el conductismo—, que acabaron espectacularmente eclipsados en las décadas de 1980 y 1990, cuando por fin la neurociencia consiguió salir de la Edad del Bronce.
En términos históricos, no es mucho tiempo. En comparación con la física y la química, la neurociencia es aún una joven advenediza. Pero el progreso es el progreso, ¡y éste ha sido un período de progreso extraordinario! Desde los genes a las células pasando por los circuitos y la cognición, la profundidad y la amplitud de la neurociencia actual —por lejos que esté de ser una eventual Grand Teoría Unificada— están a años luz de donde estaban cuando yo empecé a trabajar en esta disciplina.
Los progresos han sido vertiginosos, pero si somos sinceros hemos de reconocer que se ha descubierto sólo una fracción minúscula de lo que es posible llegar a saber del cerebro humano. En todo caso, la modesta magnitud de lo descubierto conforma una historia más emocionante que cualquier novela de Sherlock Holmes. Estoy seguro de que, si en las décadas venideras se sigue avanzando, las vueltas de tuerca conceptuales y los cambios tecnológicos que ya tenemos encima van a ser tan alucinantes, agitarán tanto la intuición y exaltarán y a la vez darán tal lección de humildad al espíritu humano como las revoluciones conceptuales que tumbaron la física clásica hace un siglo. El dicho de que la realidad supera a la ficción parece ser especialmente cierto en cuanto al funcionamiento del cerebro. En este libro me propongo transmitir al menos parte del asombro y la admiración que mis colegas y yo hemos sentido durante los años en que hemos estado arrancando con paciencia las capas del misterio mente-cerebro.
Espero despertar cierto interés en lo que el pionero neurocirujano Wilder Penfield llamaba «el ógano del destino» y a lo que Woody Allen, en un tono más irreverente, se refería como el «segundo órgano favorito» del hombre.
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En los últimos quince años, la ciencia cerebral ha avanzado a un ritmo pasmoso, lo que ha procurado perspectivas nuevas sobre... bueno, casi todo. Tras décadas de andar a trompicones en la sombra de las ciencias «duras», ha nacido realmente la era de la neurociencia, y este rápido progreso ha orientado y enriquecido mi trabajo.
En los últimos doscientos años se ha asistido a impresionantes progresos en muchas esferas científicas. En física, justo cuando la intelectualidad de finales del siglo XIX declaraba que la teoría física estaba casi completada, Einstein demostró que el espacio y el tiempo eran infinitamente más desconocidos que cualquier otra cosa antes soñada en la filosofía, y Heisenberg señaló que en el nivel subatómico pierden validez nuestras nociones más básicas de causa y efecto.
Quién iba a pensar que el universo se compone de cuerdas que vibran en sintonía con la «música de Dios».
Podemos confeccionar listas similares de descubrimientos en muchos otros ámbitos. La cosmología nos dio el universo en expansión, la materia oscura y las alucinantes vistas de miles de millones de galaxias. La química explicó el mundo mediante la tabla periódica de los elementos y nos proporcionó el plástico y una cornucopia de fármacos milagrosos. Las matemáticas nos regalaron los ordenadores —aunque muchos matemáticos «puros» prefieren que su disciplina no se vea mancillada por tales usos prácticos—. En biología, la anatomía y la fisiología del cuerpo se resolvieron con un detalle exquisito, y por fin empezaron a estar claros los mecanismos que impulsan la evolución. Se supo finalmente qué eran en realidad ciertas enfermedades que desde los albores de la historia habían asolado literalmente a la humanidad (en contraposición a, pongamos, los actos de brujería o de castigo divino). Se produjeron revoluciones en cirugía, farmacología y salud pública, y en el mundo desarrollado la duración de la vida humana se duplicó en cuestión de sólo cuatro o cinco generaciones. La revolución fundamental fue el desciframiento del código genético en la década de 1950, lo que marca el nacimiento de la biología moderna.
Por el contrario, las ciencias de la mente —psiquiatría, neurología, psicología— languidecieron durante siglos. De hecho, hasta el último cuarto del siglo XX, no hubo donde encontrar teorías sobre la percepción, la emoción, la cognición y la inteligencia (con la notable excepción de la visión del color).
Durante la mayor parte del siglo XX, para explicar la conducta humana lo único que pudimos ofrecer fueron dos edificios teóricos —el freudismo y el conductismo—, que acabaron espectacularmente eclipsados en las décadas de 1980 y 1990, cuando por fin la neurociencia consiguió salir de la Edad del Bronce.
En términos históricos, no es mucho tiempo. En comparación con la física y la química, la neurociencia es aún una joven advenediza. Pero el progreso es el progreso, ¡y éste ha sido un período de progreso extraordinario! Desde los genes a las células pasando por los circuitos y la cognición, la profundidad y la amplitud de la neurociencia actual —por lejos que esté de ser una eventual Grand Teoría Unificada— están a años luz de donde estaban cuando yo empecé a trabajar en esta disciplina.
Los progresos han sido vertiginosos, pero si somos sinceros hemos de reconocer que se ha descubierto sólo una fracción minúscula de lo que es posible llegar a saber del cerebro humano. En todo caso, la modesta magnitud de lo descubierto conforma una historia más emocionante que cualquier novela de Sherlock Holmes. Estoy seguro de que, si en las décadas venideras se sigue avanzando, las vueltas de tuerca conceptuales y los cambios tecnológicos que ya tenemos encima van a ser tan alucinantes, agitarán tanto la intuición y exaltarán y a la vez darán tal lección de humildad al espíritu humano como las revoluciones conceptuales que tumbaron la física clásica hace un siglo. El dicho de que la realidad supera a la ficción parece ser especialmente cierto en cuanto al funcionamiento del cerebro. En este libro me propongo transmitir al menos parte del asombro y la admiración que mis colegas y yo hemos sentido durante los años en que hemos estado arrancando con paciencia las capas del misterio mente-cerebro.
Espero despertar cierto interés en lo que el pionero neurocirujano Wilder Penfield llamaba «el ógano del destino» y a lo que Woody Allen, en un tono más irreverente, se refería como el «segundo órgano favorito» del hombre.






