04/05/13

Lo que el cerebro nos dice. Vilanayur Ramachandran

Prefacio

En los últimos quince años, la ciencia cerebral ha avanzado a un ritmo pasmoso, lo que ha procurado perspectivas nuevas sobre... bueno, casi todo. Tras décadas de andar a trompicones en la sombra de las ciencias «duras», ha nacido realmente la era de la neurociencia, y este rápido progreso ha orientado y enriquecido mi trabajo.
En los últimos doscientos años se ha asistido a impresionantes progresos en muchas esferas científicas. En física, justo cuando la intelectualidad de finales del siglo XIX declaraba que la teoría física estaba casi completada, Einstein demostró que el espacio y el tiempo eran infinitamente más desconocidos que cualquier otra cosa antes soñada en la filosofía, y Heisenberg señaló que en el nivel subatómico pierden validez nuestras nociones más básicas de causa y efecto.

Quién iba a pensar que el universo se compone de cuerdas que vibran en sintonía con la «música de Dios». 

Podemos confeccionar listas similares de descubrimientos en muchos otros ámbitos. La cosmología nos dio el universo en expansión, la materia oscura y las alucinantes vistas de miles de millones de galaxias. La química explicó el mundo mediante la tabla periódica de los elementos y nos proporcionó el plástico y una cornucopia de fármacos milagrosos. Las matemáticas nos regalaron los ordenadores —aunque muchos matemáticos «puros» prefieren que su disciplina no se vea mancillada por tales usos prácticos—. En biología, la anatomía y la fisiología del cuerpo se resolvieron con un detalle exquisito, y por fin empezaron a estar claros los mecanismos que impulsan la evolución. Se supo finalmente qué eran en realidad ciertas enfermedades que desde los albores de la historia habían asolado literalmente a la humanidad (en contraposición a, pongamos, los actos de brujería o de castigo divino). Se produjeron revoluciones en cirugía, farmacología y salud pública, y en el mundo desarrollado la duración de la vida humana se duplicó en cuestión de sólo cuatro o cinco generaciones. La revolución fundamental fue el desciframiento del código genético en la década de 1950, lo que marca el nacimiento de la biología moderna.

Por el contrario, las ciencias de la mente —psiquiatría, neurología, psicología— languidecieron durante siglos. De hecho, hasta el último cuarto del siglo XX, no hubo donde encontrar teorías sobre la percepción, la emoción, la cognición y la inteligencia (con la notable excepción de la visión del color).

Durante la mayor parte del siglo XX, para explicar la conducta humana lo único que pudimos ofrecer fueron dos edificios teóricos —el freudismo y el conductismo—, que acabaron espectacularmente eclipsados en las décadas de 1980 y 1990, cuando por fin la neurociencia consiguió salir de la Edad del Bronce.

En términos históricos, no es mucho tiempo. En comparación con la física y la química, la neurociencia es aún una joven advenediza. Pero el progreso es el progreso, ¡y éste ha sido un período de progreso extraordinario! Desde los genes a las células pasando por los circuitos y la cognición, la profundidad y la amplitud de la neurociencia actual —por lejos que esté de ser una eventual Grand Teoría Unificada— están a años luz de donde estaban cuando yo empecé a trabajar en esta disciplina.

Los progresos han sido vertiginosos, pero si somos sinceros hemos de reconocer que se ha descubierto sólo una fracción minúscula de lo que es posible llegar a saber del cerebro humano. En todo caso, la modesta magnitud de lo descubierto conforma una historia más emocionante que cualquier novela de Sherlock Holmes. Estoy seguro de que, si en las décadas venideras se sigue avanzando, las vueltas de tuerca conceptuales y los cambios tecnológicos que ya tenemos encima van a ser tan alucinantes, agitarán tanto la intuición y exaltarán y a la vez darán tal lección de humildad al espíritu humano como las revoluciones conceptuales que tumbaron la física clásica hace un siglo. El dicho de que la realidad supera a la ficción parece ser especialmente cierto en cuanto al funcionamiento del cerebro. En este libro me propongo transmitir al menos parte del asombro y la admiración que mis colegas y yo hemos sentido durante los años en que hemos estado arrancando con paciencia las capas del misterio mente-cerebro.

Espero despertar cierto interés en lo que el pionero neurocirujano Wilder Penfield llamaba «el ógano del destino» y a lo que Woody Allen, en un tono más irreverente, se refería como el «segundo órgano favorito» del hombre.



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29/03/13

La materia no existe. Max Planck 1918

LA MATERIA NO EXISTE, ¿OYERON?

Algún día, si me permiten arriesgar un vaticinio, la historia se dividirá en "materialista" y "post-materialista".

El nombre será otro, seguramente, pero a fin de no equivocarme y arruinar mi predicción por una palabra mal imaginada, prefiero usar, por ahora, la expresión "post-materialista".

Cuando los historiadores busquen la semilla del post-materialismo, se retrotraerán al día en que Max Planck formuló lo que, en mi opinión, debería ser considerado el párrafo inicial de cualquier manifiesto de física cuántica.

Han pasado ya casi 100 años desde esa jornada de 1918 en que Planck pronunció aquellas palabras, y hasta el momento parece como si nadie las hubiera escuchado.

Los dichos de Planck fueron alevosamente ignorados, porque no llegaron en la circunstancia apropiada. A principios del siglo pasado, las inquietudes espirituales del hombre iban camino a ser acalladas por el estruendoso avance de lo material. Lo material estaba en alza; no era momento de oponerse a la moda. No era momento de hacerle frente al imperio del materialismo, que se hallaba a las puertas de una inusitada expansión.

Pero ya sabemos cómo es el ciclo de los imperios: cuando la expansión sobrepasa ciertos límites, empieza la decadencia, que culmina en el derrumbe.

La expansión del materialismo ha sobrepasado ya todos los límites de lo concebible. La burbuja se ha inflado a su máxima tensión; cabe pensar que no falta mucho para que explote.

Lo que vendrá después de la explosión, se llame como se llame, será el post-materialismo, cuya frase fundadora será aquella que dijo Planck al recibir el Premio Nobel de Física en 1918, y a la que el mundo ha permanecido indiferente durante un siglo:

"Como hombre que ha dedicado su vida entera al estudio de la materia, puedo decirles, como resultado de mi investigación acerca del átomo, lo siguiente: la materia no existe como tal. Toda la materia se origina y existe sólo en virtud de una fuerza que hace vibrar la partícula atómica y mantiene unido ese diminuto sistema solar que es el átomo. Debemos asumir que detrás de esa fuerza existe una inteligencia".

Esa inteligencia, según Planck, es la matriz que proyecta lo que nuestros sentidos decodifican como materia.

Cien años después, la física cuántica continúa demostrando, experimento tras experimento, que la materia no existe... y la afirmación de Planck, al fin, empieza a ser escuchada.

Algún día, además de escuchada, será comprendida y aceptada. Y en ese mundo post-materialista, la gente se reirá de alguien que crea que la materia es real, como nos reiríamos hoy de alguien que creyera que fue real su sueño de anoche.

Fuente web El zentido de la vida
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19/03/13

Papa, fútbol y circo

Impresionante analogía en un solo tuit.

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24/01/13

Las neuronas espejo, Abril, la gitana y yo.

Hace unos años vivía en otra ciudad y tenía un negocio de accesorios para mujer.
En ese pueblo vivían una gran cantidad de gitanos. Como es su costumbre, los hombres se dedican a la venta de autos y las mujeres, cualquiera sea la posición económica de sus familias, salen en grupo a atemorizar a los pagés, a sabiendas de que un pagé atemorizado es víctima segura de sus embustes. El método es la venta de algo minúsculo y necesario como hilo y agujas, la adivinación de la suerte o en última instancia el pedido de donación. 
Un grupo de tres mujeres comandadas por una muy mayor aparecía todos los días por el negocio aterrorizando a mi empleada. Yo trataba de convencerla de que eran inofensivas y que tenerles miedo era lo peor que podía hacer, sin éxito. Ella las veía venir y empezaba a temblar. Las mujeres entraban, preguntaban el precio de todo, revolvían y nunca compraban nada. Como todos sabemos existe la sospecha de que actúan así para robarse algo, sospecha que en nuestro caso nunca fue corroborada.
Un día decidí terminar con esa situación incómoda y las atajé desde la puerta. Apelé a mis virtudes de diplomacia y me dirigí a la mayor en términos de igualdad:

—Vos trabajás, yo trabajo, entiendo tu forma de vida y la respeto, vos entendé la mía y respetala.

Fue más o menos el tono de la negociación. Ella lo comprendió y aprobó inmediatamente y les dio instrucciones a sus compañeras.
—Buena mujer, ésta, linda mujer, déjala tranquila, no molesten.

Y dicho esto me soltó un rosario de bendiciones, pidiendo a cambio un esmalte para uñas o alguna otra cosita como prenda de paz.

Así quedó sellado el pacto que la abuela gitana cumplió religiosamente. Ella y su troupe de gitanas jóvenes nunca más entraron a mi negocio. De tarde en tarde pasaba, miraba hacia adentro desde la vereda y yo le entregaba el tributo: un esmalte para uñas o un "pintalabios" de dos pesos.

Abril tenía entonces entre tres y cuatro años. Era una criatura hermosísima y sumamente empática, como ahora, pero con la inocencia intacta de todos los bebés. Ese día estaba presente cuando la abuela gitana se paró en la puerta para cumplir con el ritual. Ella recitó sus bendiciones de rigor "buena mujer, linda mujer, buena gente, va a tener mucha suerte y riqueza, le va a ir muy bien en el negocio". Para entonces se había establecido una relación singular entre la zíngara y yo. Me emocionaba mirarla a los ojos, tenía la mirada bondadosa de los ancianos que aprendieron a vivir, generosa a su manera. Me subyugaba la entereza con que asumía su destino de mendiga, forzada no por la necesidad sino por un mandato ancestral. Me animo a decir que sentía cariño por ella y ella por mí. Un sentimiento basado en el respeto mutuo de usos y costumbres.
Cuando estaba hablando con la abuela gitana esa tarde, noté que Abril estaba pegada a mí y con su manito le acariciaba la pollera de gasa colorida y la miraba extasiada, con una expresión muy amorosa. Me quedé helada, era una situación extraña. Minutos después le pregunté a Abril por qué acariciaba la pollera de esa abuelita y me respondió "porque la amo" sin perder la sonrisa.
Quedé convencida de que esa tarde, entre la abuela gitana, Abril y yo había sucedido algo extraordinario, que no tenía explicación racional y por lo tanto pertenecía al rubro de lo "paranormal" o místico.
Ayer viendo este video que pego a continuación, descubrí que aquello, como tantas otras cosas, tiene una explicación científica. Lloré de alegría.
Disfrútenla



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22/01/13

Marx, Ludovica y yo

Un día naufragué y terminé en una isla desierta. Encontré por casualidad una valija con algunos libros de solo dos autores: uno era Marx y el otro Ludovica Squirru. Una tarde de sol, después de haber ingerido ciertos hongos que crecían bajo los árboles, se presentó ante mí un maestro zen recitando un koan que tardé mucho tiempo en descifrar. El  maestro dijo, más o menos, que de la elección de uno de esos autores dependía mi futuro, pero eso lo supe muchos años más tarde.
Empecé hojeando a Marx y lo descarté enseguida. Prepararse ideológicamente para hacer la revolución en una isla en la que soy la única habitante no tiene mucho sentido, me dije, y empecé a leer el primer libro de Ludovica.
Doce meses tardé en leer los doce libros del Horóscopo Chino y al finalizar el doceavo me rescataron. Si fuera supersticiosa haría algún comentario acerca de la sincronía de los doce, pero mi favorito es el once.
Debo decir, hablando de mí en tercera persona como todos los psicóticos, que la que rescataron después de doce meses poco o nada tenía que ver con la que naufragó. La yo que llegó a la isla tenía sed de justicia y ganas de cambiar el mundo, la que rescataron se conocía a sí misma. Conocía también un poco más a los otros animales del zoo humano con quienes compartiría el camino del tao.
Más tarde me enteré, fragmentadamente y de oírlo por ahí, que Marx sostenía que la lucha de clases es el motor del cambio social y otras cuestiones que han sido estudiadas, debatidas y aplicadas a lo largo de la historia sin demasiado éxito. Pensé entonces que la falta de éxito se debía a que la revolución a lo Marx consiste en cambiar algo en "el afuera" y el afuera es jodido y generalmente se resiste.
Ludovica, con mucho más humildad y el mismo escaso éxito, propone, como tantos otros que luego leí y escuché, que el cambio que vale la pena intentar es el de adentro. Que paradójicamente puede llegar a ser el más difícil, porque al desaparecer el responsable externo, no nos queda nadie a quien echarle la culpa, valga la redundancia.
Así es que una vez re insertada en el mundo, seguí eligiendo leer a Ludovica y su Horóscopo Chino, porque la tarea de conocerse y cambiarse a uno mismo puede que nunca termine, pero al menos se perciben algunos avances.
Salud.

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10/01/13

Llegada de la fragata Libertad, la otra postal


La idea de organizar un cacerolazo surgió en las redes sociales el mismo día que se anunció que la fragata Libertad llegaría al puerto de Mar del Plata. Desde entonces empezó a circular la convocatoria y la fecha: 9E.
Los organizadores del acto de recibimiento oficial a cargo de nuestra capitana tuvieron tiempo suficiente como para planear, también, el bloqueo a manifestantes no alineados que pretendieran acercarse a la base naval a importunar con sus cacerolas.
Cuando llegué al lugar de la cita, frente al Hotel Costa Galana, en el boulevard marítimo, a eso de las 19 horas, la línea ya estaba trazada. Una línea triple de color naranja formada por los chalecos de mujeres y hombres de la infantería dividía a unos cien manifestantes de una docena de militantes oficialistas que batían sus bombos, envalentonados por la nada discreta protección de unos cuantos matones a sueldo. ¿Barrabravas? ¿Servicios? Tenían pinta de eso.




Era una buena imagen metafórica del país actual. La postal veraniega que amenaza con continuar en otoño, invierno y más allá, mostraba en pequeña escala al país dividido, irreconciliable, crispado. 
Me contaron que hubo algunas escaramuzas entre manifestantes antes de que la policía armara la barrera humana. Los militantes cristinistas quedaron al sur, los caceroleros al norte y sin posibilidades de avanzar hacia la base naval como estaba previsto.
Había tensión, tristeza, bronca, no el ánimo relajado y alegre que se vivió el 13 de septiembre y el 8 de noviembre. Había también mucho menos personas portando cacerolas. La situación no daba para bancarla con la familia y los chicos. Se sabía que cientos de micros con gente del conurbano habían llegado la noche anterior.

Los cánticos eran subidos de tono de un lado y del otro, ellos nos hacían la V, nosotros el fuck you. Los exaltados eran contenidos inmediatamente por los demás. Hubo picos de máxima tensión que no pasaron de lo verbal.
El momento más alto en euforia llegó con los fuegos artificiales, que podíamos ver a la distancia, gracias a la topografía marplatense.

Ese momento quedó registrado aquí.




Después cantamos el himno y nos desconcentramos por sugerencia de la misma policía, antes de que la turba que salía del acto oficial en la base naval hacia el centro llegara a alcanzarnos.

No soy una buena cronista, nunca se me ocurrió meterme entre la saltarina muchachada peronista para hacer preguntas a lo Cynthia García. Presumo que no me hubiera ido muy bien, pero si me di el gusto de chumbar a un ropero que hacía de guardaespaldas diciéndole "vigilante". Al que sí le hice algunas preguntas fue al taxista que me trajo de vuelta a casa. Me contó que la noche previa había llevado a muchos jóvenes militantes a los boliches de Constitución, donde dejaron parte de los 500 pesos que declararon haber cobrado para venir al acto.
No creo que el tachero lea Clarín, ni tampoco que mienta. Dudo mucho que después de manejar 12 horas para parar la olla tenga energía para leer el diario o inventarse historias.

Casualmente—o no— hace unos minutos la señora presidente en cadena nacional mostró una foto de marinos junto a militantes peronistas que según ella es la postal de los tiempos que corren.

Lamento mucho decir que no coincide con la postal que yo tengo.
No coincide ni un poquito.
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